Una anécdota de mis primeros tiempos en Los Andes, 1999, casi un año después del desembarco de Clarín y La Nación en el centenario matutino. Acabábamos de publicar que el Banco Mendoza, propiedad de Raúl Juan Pedro Moneta, se caía a pedazos. La situación en Mendoza era más que tensa, tremenda, el banco había cerrado, estaba intervenido, y ahorristas y empleados furiosos manifestaban todos los días.
El asunto es que gracias a la investigación del querido Fabián Alvarez (ya hace 10 años que te fuiste, Fabián!!), empezamos a entender en DLA que el banco se caía y que Moneta arrastraba con todo. En un diario centenario que acababa de cambiar de dueños, poner esas informaciones era una revolución. El asunto es que aunque había libertad para publicar, éramos muy cuidadosos en los calificativos, adjetivos, e imputaciones. Lo cuidábamos mucho. Una mañana, un sábado, estaba en el diario preparando la edición del domingo, cuando alguien ma alcanza un ejemplar de un suplemento infantil Tintero. El inocente y querido Tintero, el maestro de generaciones de chicos, el Tintero que todos amaban, el Tintero de los niños.
Pues bien, en la foto de portada del suplemento; había un niño sosteniendo un cartel a todo lo ancho de la tapa del diario con la inscripción "Moneta ladrón!!".
La liebre saltó por el lado menos pensado.
Alguien debe recordar cuántos ejemplares de Tintero tiramos ese día a la basura. Fueron miles.
Para no olvidar
Los hombres son fantasiosos .
Siempre quieren lo que está prohibido:
la libertad,
por ejemplo.
(Carlos Cañas)
viernes, abril 16, 2010
sábado, noviembre 28, 2009
El recuerdo, a 25 años de la promoción 1984 de la ENET nro 1 de Trelew
Foto del día del egreso. Arriba, de izquierda a derecha: Juan Espinoza, Carlos Maldonado, Fernando Cioccolante, Lucy (la preceptora), Rubén “Beto” Ramírez, Luis Alejandro Monge, Martín Vezjak, Gabriel Rinolfi, Daniel Biagioni, Fabián “Pingüino” Cárdenas, Fabián “Negro” López y Julio Antón. Al medio, parados: Eugenio “Gallego” Fernández, Claudio Agustinho, Néstor Suzzi, Claudio Zamarreño, Víctor Treuquil, Ricardo Montacuto, Néstor “Gato” Vieyra. Abajo: Daniel Mollo, Omar “Canario” Snymann, Victorio “Coco” Brunt, Alberto “Coto” Furci. En esta foto faltan Aversio Bustos (fallecido), Osvaldo Cayún, el “Chino” Carrizo, el uruguayo Juan Carlos Bolognesi, Gerardo “Chaca” Miranda, Juan Carlos Maldonado, Carlos Rial, y Héctor González.Hoy se reúnen los egresados 1984 de la ENET en las Bodas de Plata de aquella promoción. Aquí, el saludo de un integrante de aquel grupo, que no pudo llegar a la fiesta.
(texto publicado por DIARIO EL CHUBUT el sábado 28 de noviembre de 2009)
Un ejercicio de la memoria. Ir hasta un viejo maletín que sobrevivió unas diez o doce mudanzas y buscar allí, entre las fotos viejas, aquellas de 1984, el año de las predicciones. Son las imágenes del día en que debimos archivar la adolescencia.
Y allí estamos. Lamentablemente, no hay una sola fotografía que atesore a todos los integrantes de la promoción 1984 de la ENET Nro 1 de Trelew, aquellos que nos fuimos de la escuela hace ya 25 años, para emprender sabe Dios qué caminos.
Es obvio, no pude llegar a la fiesta de hoy. Lamento en el alma no estar, que no es lo mismo que estar ausente. Así es que abusé de la confianza de mis amigos de EL CHUBUT, de José María, para asomarme al reencuentro aunque sea desde el papel de este diario, que es mi “otra” casa, mi lugar en el sur.
En estos días me acordé mucho de casi todos, un poco porque me llamaron para que viaje, otro más porque ¡Ya pasaron 25 años! Y finalmente, porque sí, porque aquel grupo fue especial. De alguna manera, salimos de esa escuela casi hermanos.
Hacíamos muchas turradas. No las describo porque algunas no han prescripto y están pendientes de sentencia. Había incluso un ranking de atorrantes, pero no lo voy a hacer público en estas páginas (¿No es cierto, Negro?) Pero me acuerdo de todos. De muchos, logré ser amigo para siempre, aun en la distancia, porque la mitad de los últimos 25 años los pasé afuera de Chubut, y ahora mismo estoy radicado en Mendoza.
En aquella época había días inolvidables. Con sus noches, claro. Cómo no anotar allí los interminables asados y truco en el garaje de Daniel Biagoni, los TEG eternos en la casa de Claudio Agustinho, las lasañas imperdibles de la madre del Gato Vieyra… qué se yo… en ese tiempo la vida era escuela + amigos + novias + deportes + familia + salidas. No mucho más. Y tampoco menos.
En la ENET aprendimos muchas cosas, no sólo la formación académica. En aquellos años la democracia se asomaba y empezábamos a descubrir el velo. Me acuerdo de un directivo que hoy se me antoja igual a Aníbal Fernández, con el mismo bigote, y la misma “disposición”, autor de una frase célebre: “La ley no es pareja para todos”. Qué años aquellos… ¿no? También aprendimos a poner el hombro, a ser solidarios, a resolver problemas. No era poco para una escuela pública.
Muchos de aquel grupo siguieron la carrera técnica. Otros, nos inclinamos a las humanidades. Hoy, no puedo cambiar una lamparita sin leer el manual, y 25 años después, las olimpíadas matemáticas se me ocurren una hechicería misteriosa e inescrutable. Apenas puedo sumar y restar… deudas.
De casi todos ustedes aprendí algo, de todos conseguí algo bueno, de todos tuve algún ejemplo: el buen humor del Negro López y Fernando Cioccolante, la constancia, el tesón, y la amistad incondicional de mis amigos para siempre Claudio, Daniel, y el Gato; el perfil bajo y las buenas maneras de Víctor Treuquil, el uruguayo Bolognnini, y Osvaldo Cayún… el amor interminable de Daniel Mollo por su querida Amanda (no sé qué pasó después… pero no es relevante en este análisis, así es que los protagonistas sabrán disculparme), la polenta para estudiar -y para todo- del Gallego Fernández… la picardía de Julito Antón, la experiencia del “Chino” Carrizo, la prolijidad militante de Néstor Suzzi… Qué se yo… los podría nombrar a todos y a cada uno.
Crecimos, nos casamos, tuvimos hijos, nos volvimos a casar… Alguno se murió en el camino. Y la mayoría mantuvo el contacto a través de los años. Ahora estamos más gordos, más gastados, todos pasamos largamente los 40, algunos corremos el riesgo de un “abuelazgo” tempranero… muchos dejamos nuestras notables cabelleras en las fotos ajadas de la historia. Pero hoy nos reunimos otra vez. Ustedes allí, y yo desde aquí, para recordar y homenajear –en definitiva- la amistad, el compañerismo, la solidaridad. Son valores que no se borran con el tiempo.
Me hubiera gustado verlos más en los últimos años que pasé en la provincia. Pero no pudo ser. Es difícil coordinar amigos, familia y trabajo hoy en día… Sobre todo para mí, que aún no aprendo a organizarme.
Hoy, pásenla bien. Tengan buenos recuerdos, tiren los años por la ventana… Si toman, no manejen. Y brinden por nosotros, por todos, por lo que fue, y por el futuro. Y por nuestras familias. Desde Mendoza, les mando un abrazo enorme pleno de memoria y afecto. Los quiero, a todos.
Ricardo Montacuto, periodista
Egresado de la ENET Nro 1 de Trelew en Noviembre de 1984.
jueves, agosto 20, 2009
El baile ochentoso de Franquito
Desde hace unos días el más pequeño de la familia ha dejado de lado los típicos pasitos de baile de un niño de tres años y lo ha cambiado por esto. Cualquier similitud con los bailecitos nuestros de los ochenta es culpa de las maestras del jardincito. Disculpen la mala iluminación pero fue algo espontáneo.
lunes, julio 20, 2009
A mis amigos de entonces…
A muchos de ellos no los veo desde noviembre o diciembre de 1981, cuando nos fuimos de Comodoro Rivadavia. A otros, los seguí tratando con los años. Nunca escribo en el Día del Amigo, tal vez por esa cosa de “sin raíces” que cargo, al haber vivido tanto y tan poco en cada lugar. Pero hoy me quería acordar de todos y cada uno de ellos. Es, diría, una deuda pendiente.
No tengo idea qué fue de Sergio Villafañe. Algunos me contaron que se fue a un seminario y se hizo cura. Otros me dijeron que no, que se casó por ahí y tiene dos hijos. Otros sostienen que está en Europa, o en Salta, o en Estados Unidos. De los amigos que tuve en la infancia y preadolescencia, Sergio era sin dudas el más alegre de todos. Siempre estaba de buen humor, siempre feliz, y era el único que tenía inquietudes artísticas, humanísticas, y culturales –aun religiosas- a una edad en la que a la mayoría sólo nos interesaba llegar a casa, hacer los deberes lo más rápido posible, e irse a jugar a la pelota a la “canchita de la gamela”, un predio ubicado en General Mosconi, al pie de una de las gamelas de ex empleados de YPF a la vera de la Ruta 3.
Me acuerdo de haber pasado noches y días enteros con Sergio Villafañe y “Nando” Calfunao, otro amigo de entonces, jugando a las cartas, al ajedrez, o simplemente hablando de los temas que nos preocupaban entonces. Eran, lo que se dice, amigos del barrio, en aquella vieja zona petrolera de Comodoro Rivadavia.
No eran los únicos. Había muchos más. Me acuerdo mucho de Juan Carlos Caperochipi, un gran tipo, con una gran familia. El viejo de Juan Carlos era el menos caracúlico de los padres del barrio. Casi un compinche más, aunque siempre serio. El “Cape”, como le decíamos, era el líder en el que nos reflejábamos, para bien y para mal, para lo bueno, y para las picardías. Es que en toda “barra” siempre hay uno que manda, que indica el camino, que maneja el poder interno del grupo. Juan Carlos era un adelantado en muchas cosas. Fue el que nos hizo descubrir, porque tenía un hermano mayor, que había “música progresiva” y “rock nacional”. Fue el primero en ir a un recital de Almendra y contarnos cómo el flaco Spinetta cantaba Rutas Argentinas con la camiseta de la Selección. Fue también el primero en ir al Colegio Salesiano Dean Funes y enseñarnos el camino de la escuela técnica, fue el primero de nosotros en descubrir que las mujeres también existen, y el primero del grupo en besar a una chica. Me acuerdo que nos tuvo varias horas en vilo antes de contarnos la experiencia. Un gran turro el “Cape”. Creo que en algún punto le significábamos una carga afectiva porque –como a todo líder, cuando uno tiene de 11 a 15 años- lo imitábamos casi en todo. Y vaya casualidad, Juan Carlos vivía –creo que su familia lo hizo por muchos años- en la misma casa en la que habían vivido mis abuelos y nacido mi padre, en las décadas del 30 y 40. Era gente muy unida el grupete de ese barrio. Pasábamos muchísimo tiempo juntos. Desde tomar el colectivo bien temprano a la mañana para ir a la escuela, hasta la hora de la merienda, o después, con el fútbol obligado en la canchita. Los fines de semana, largas salidas en bicicleta o caminando por los cerros, buscar fósiles, leer y cambiar revistas, ir al cine, o a las confiterías “del centro” de Comodoro. No hacíamos muchas locuras, sólo algunas, como meterse en los talleres de YPF los fines de semana a buscar “tesoros” para lookear las bicis, trepar los cerros y bajar de noche sabiendo que nos daba miedo, mucho fútbol a cualquier hora y hasta la noche y con cualquier clima, hacer “esquina” hablando de todo lo que queríamos hacer en el futuro, del partido del fin de semana, de los primeros cigarrillos, de las bebidas, de las chicas del barrio… del colegio, donde nos torturaban Máximo “el balsa” Walsamakis, los flacos González, el ‘Bicho’ Martínez (me contaron que ya no es cura y se casó), y tantos otros… Hacíamos cosas muy creativas. Desde teatro casero, hasta componer música, pasando por fabricar autitos y “tunearlos” para jugar los domingos después de la F-1, cuando íbamos a la primaria. Recuerdo también haber dibujado cine casero en papel vegetal para proyectarlo en un “Súper 8” que tenía el Juanca. No se veía casi nada, pero la pasábamos bien. Eran buenas épocas.
A “Cape” le perdí el rastro pocos años después de irme de Comodoro. Una vez lo vi en Trelew, me acuerdo. Creo que yo ya era periodista. Y él estudiaba. Después del colegio técnico siguió Humanidades. Lo último que supe, cuando viví en Madryn entre 2005 y 2008, es que era fiscal, y que se había separado. Un gran tipo, con muchas luces. Siempre nos sorprendía con algo. Viéndolo desde la distancia, creo que “Cape” aprovechaba a full a su hermano mayor, una fuente de experiencia directa.
Era un grupo muy unido ese… (¿ya lo dije?) Pero incluso a veces dirimíamos a trompadas alguna diferencia, cosas típicas de la edad y de las hormonas que empezaban a funcionar. Es que fueron muchos años de juntadas, desde que teníamos 9, 10 u 11 hasta los 16, y algunos se siguieron viendo más tarde. De aquel grupo recuerdo mucho a Héctor “Che Copete” Santamaría y su hermano Eduardo, que era menor. La madre era enfermera. El padre, no me acuerdo, creo que ya lo conocimos jubilado. Era un peronista clásico, tenía la marchita de Hugo del Carril, y varios discursos de Perón en viejos cassettes. No hablábamos mucho de política entonces pero sabíamos que al viejo de los chicos lo habían perseguido por su militancia. Se que Héctor coincidió hace poco con una de mis hermanas en un curso de Seguridad Industrial e Higiene, en Comodoro. El hermano del “Checo”, Eduardo, era un pibe tímido pero tiro al aire. Me acuerdo que tenía una forma muy poco ortodoxa pero efectiva de jugar al fútbol, y que a los 13 años se puso de novio con Marcela Carpio, una morocha muy linda del barrio… que por entonces tenía 16. Ese día le levantamos a Eduardo un monumento imaginario. Se lo tenía ganado. Nunca supe qué fue de él. Ojalá le haya ido bien, era buena gente.
Nuestro barrio tenía otra división, geográfica y hasta social, por la Avenida Tehuelches. De un lado estaba el “Belgrano Nuevo” y del otro el “Belgrano Viejo”. Y además, convivían, con límites difusos, con los “Ameghino”. De esa época, cuando yo era más chico, recuerdo a otros pibes. Daniel Cavaco era uno de ellos. Un tipo generoso con su tiempo y con los demás, buena madera. Recuerdo que él vivía una situación muy particular, que nos hacía escucharlo con atención sobre todo cuando había algún bardo. No tenía mamá, como sí la teníamos el resto de nosotros. El papá de Daniel se había rehecho de su viudez y casado con otra señora. Para él fue difícil, y a veces nos hacía comprender el valor de la familia desde esa perspectiva, algo que a esa edad por lo menos yo no tenía muy en cuenta, y que me perdonen mis viejos, que se murieron hace diez y veinte años respectivamente. A Daniel Cavaco le debo dos cosas: La primera, cuando yo tenía 9 años, se pasó una tarde conmigo hasta que aprendí a andar en bicicleta en una Legnano rodado 16, un poco más chica que las auroritas rodado 20 de mis amigos, pero que se la bancaba a la perfección para ir incluso hasta el aeropuerto, el viaje más largo que nos animábamos a hacer. La otra: me llevé matemáticas en tercer año luego de haber promediado 9,50 en la materia en los primeros dos años de secundario. Faltaban dos días para rendir y había decidido pasarla a marzo porque no tenía feeling con los profesores. No les entendía nada. Daniel casi me obligó a presentarme y me preparó durante dos días. Logré “sacar la materia” con cinco, resolviendo una ecuación bastante compleja que admitía más de una forma de resolución. A vos Daniel, gracias por ese tiempo y por los consejos.
Seguramente me olvido de muchos. A esas edades uno cosecha también amistades efímeras, o que van cambiando a medida que uno madura. Me acuerdo de Claudio Ponce, Marcelo Milathianakis, el ‘Chino’ Barrionuevo… Él fue el primero de nosotros en manejar un auto. Nos llevaba de joda en el Falcon impecable de su viejo, un taxista laburador. Tampoco se qué fue del ‘Chino’. Casi en la adolescencia, lo veíamos manejando unas motos enormes, en las que nos llevaba a dar alguna vuelta. También estaban el Colorado Lencinas, un stopper muy rudo que se hizo rugbier y bajista, y que a los once años se cayó en la calle y un auto le rompió los dos brazos. Era una curiosidad verlo con ambas extremidades enyesadas. Me acuerdo de Osvaldo Maza, un pibe muy retraído pero que jugaba muy bien al fútbol. Trabajó muchos años en una panadería, y fue el primero del grupo en tomar vino en la mesa con permiso de los padres.
Hubo más. Todos crecimos al calor del barrio, las familias, y el aula. Casi todos íbamos a la Escuela 43, a la Escuela de Frontera, o al Colegio Dean Funes. De la época escolar recuerdo a un amigo a tiempo completo. Se llama Daniel Marcelo Medina. Tampoco se qué fue de él. Creo que la última vez que lo vi fue en 1987 en Trelew. No se por qué viajó y me fue a visitar a la oficina del Jockey Club, donde mis hermanas y yo trabajábamos con mi viejo. En aquellos días, Daniel se reponía de a poco de un incidente serio. Le habían partido la cara con un vaso en una trifulca de boliche, en Rada Tilly, y le quedó una cicatriz enorme. Creo que lo operaron varias veces. Recuerdo que aquello le afectó mucho. Supe que se casó y tiene hijos, pero no mucho más.
Con Daniel compartimos muchísimas cosas. Éramos muy diferentes pero muy unidos. Él me criticaba la actitud de “traga” en la escuela, y yo lo criticaba por bando. Compartimos casi toda la primaria, desde segundo grado hasta séptimo, y después desde primero a cuarto año del Dean Funes. Fueron casi diez años de escolaridad y amistad, con muchos altibajos. Cuando teníamos nueve o diez años, me parece, comenzamos a fumar. Una locura. Comprábamos cualquier cigarrillo berreta. En aquellos tiempos se conseguían R-6, Galaxy, Belmont, Marlboro Largo, Jockey Suaves, algunos negros. Los guardábamos en una caja de zapatos recubierta de papeles, que enterrábamos en un baldío de la zona. Íbamos juntos a casi todos lados, estudiábamos juntos, participábamos de los mismos grupos en casi todo, y después nos fuimos dividiendo. Creo que incluso alguna vez nos gustaron las mismas chicas, pero como él era más decidido en este aspecto; era el que se llevaba el premio, aunque sea consistente en alguna mirada de la princesa deseada. No estoy seguro, pero me parece que cuando me fui a vivir a Trelew, con Daniel nos hablábamos poco y nada. Recuerdo muy bien a su familia, y sus dramas y ventajas de “hijo único”. Vivimos juntos todas las modas y locuras de la preadolescencia, y la infancia más plena, con sus virtudes y sus sinsabores. Creo que nos complementábamos. El era más pícaro en la calle, y yo en el aula. Creo que aprendíamos uno del otro. Ojalá lo volviese a ver alguna vez.
La infancia y la adolescencia son períodos difíciles. Dicen que de allí se hacen amigos para toda la vida. Tal vez sí, tal vez no. En todo caso, me duraron más los amigos que hice a partir de los 16. Con algunos –no son muchos- me hablo y escribo de manera permanente. También hice algunos amigos de adulto, algo raro, pero que se dio de la mano de mis constantes mudanzas por esto del periodismo. Pero los de Comodoro, en aquella lejana Patagonia, me quedaron a trasmano. Igual que mi primera novia, que se llamaba Mariana, quedaron a un mundo de distancia cuando mi familia se trasladó –con todos nosotros- a vivir a Trelew.
Pero no los olvidé. A ninguno. Guardo frescos en la memoria cada momento pasado en las calles de General Mosconi, de las que conocíamos hasta los baches, en la canchita de la gamela, en el Club Huergo, donde descubrimos la natación, el básquet, el tenis, el parque, las peleas a piñas, y los primeros “aprietes” adolescentes, en la esquina de Avenida Tehuelches, en las playas plenas de petróleo, en los cerros, desde donde incluso traíamos “insumos” para un insólito cementerio de animales que hicimos en un boulevard de la Avenida; en la Escuela… Y jamás había escrito ni una sola línea sobre esto, el lugar de los primeeros amigos, básicamente por una pregunta… ¿A quién le importa?
Tal vez hoy, de la mano de las redes sociales, de la globalización, y de Internet, donde ahora dirijo un diario tras decirle adiós al papel, encuentre a algunas de aquellas personas, o a sus familias.
Jamás le di mucha importancia al Día del Amigo. Hoy, pienso distinto. Creo que cambié hace dos años, un día que pasé de manera muy efímera, sólo unas horas, por Comodoro, y recorrí la Avemida Tehuelches y la vieja Ruta 3 para ver el lugar donde me crié.
Y quería saludar, homenajear y mandarles un gran abrazo a la distancia a mis amigos de entonces.
A todos ellos, Felíz Día.
No tengo idea qué fue de Sergio Villafañe. Algunos me contaron que se fue a un seminario y se hizo cura. Otros me dijeron que no, que se casó por ahí y tiene dos hijos. Otros sostienen que está en Europa, o en Salta, o en Estados Unidos. De los amigos que tuve en la infancia y preadolescencia, Sergio era sin dudas el más alegre de todos. Siempre estaba de buen humor, siempre feliz, y era el único que tenía inquietudes artísticas, humanísticas, y culturales –aun religiosas- a una edad en la que a la mayoría sólo nos interesaba llegar a casa, hacer los deberes lo más rápido posible, e irse a jugar a la pelota a la “canchita de la gamela”, un predio ubicado en General Mosconi, al pie de una de las gamelas de ex empleados de YPF a la vera de la Ruta 3.
Me acuerdo de haber pasado noches y días enteros con Sergio Villafañe y “Nando” Calfunao, otro amigo de entonces, jugando a las cartas, al ajedrez, o simplemente hablando de los temas que nos preocupaban entonces. Eran, lo que se dice, amigos del barrio, en aquella vieja zona petrolera de Comodoro Rivadavia.
No eran los únicos. Había muchos más. Me acuerdo mucho de Juan Carlos Caperochipi, un gran tipo, con una gran familia. El viejo de Juan Carlos era el menos caracúlico de los padres del barrio. Casi un compinche más, aunque siempre serio. El “Cape”, como le decíamos, era el líder en el que nos reflejábamos, para bien y para mal, para lo bueno, y para las picardías. Es que en toda “barra” siempre hay uno que manda, que indica el camino, que maneja el poder interno del grupo. Juan Carlos era un adelantado en muchas cosas. Fue el que nos hizo descubrir, porque tenía un hermano mayor, que había “música progresiva” y “rock nacional”. Fue el primero en ir a un recital de Almendra y contarnos cómo el flaco Spinetta cantaba Rutas Argentinas con la camiseta de la Selección. Fue también el primero en ir al Colegio Salesiano Dean Funes y enseñarnos el camino de la escuela técnica, fue el primero de nosotros en descubrir que las mujeres también existen, y el primero del grupo en besar a una chica. Me acuerdo que nos tuvo varias horas en vilo antes de contarnos la experiencia. Un gran turro el “Cape”. Creo que en algún punto le significábamos una carga afectiva porque –como a todo líder, cuando uno tiene de 11 a 15 años- lo imitábamos casi en todo. Y vaya casualidad, Juan Carlos vivía –creo que su familia lo hizo por muchos años- en la misma casa en la que habían vivido mis abuelos y nacido mi padre, en las décadas del 30 y 40. Era gente muy unida el grupete de ese barrio. Pasábamos muchísimo tiempo juntos. Desde tomar el colectivo bien temprano a la mañana para ir a la escuela, hasta la hora de la merienda, o después, con el fútbol obligado en la canchita. Los fines de semana, largas salidas en bicicleta o caminando por los cerros, buscar fósiles, leer y cambiar revistas, ir al cine, o a las confiterías “del centro” de Comodoro. No hacíamos muchas locuras, sólo algunas, como meterse en los talleres de YPF los fines de semana a buscar “tesoros” para lookear las bicis, trepar los cerros y bajar de noche sabiendo que nos daba miedo, mucho fútbol a cualquier hora y hasta la noche y con cualquier clima, hacer “esquina” hablando de todo lo que queríamos hacer en el futuro, del partido del fin de semana, de los primeros cigarrillos, de las bebidas, de las chicas del barrio… del colegio, donde nos torturaban Máximo “el balsa” Walsamakis, los flacos González, el ‘Bicho’ Martínez (me contaron que ya no es cura y se casó), y tantos otros… Hacíamos cosas muy creativas. Desde teatro casero, hasta componer música, pasando por fabricar autitos y “tunearlos” para jugar los domingos después de la F-1, cuando íbamos a la primaria. Recuerdo también haber dibujado cine casero en papel vegetal para proyectarlo en un “Súper 8” que tenía el Juanca. No se veía casi nada, pero la pasábamos bien. Eran buenas épocas.
A “Cape” le perdí el rastro pocos años después de irme de Comodoro. Una vez lo vi en Trelew, me acuerdo. Creo que yo ya era periodista. Y él estudiaba. Después del colegio técnico siguió Humanidades. Lo último que supe, cuando viví en Madryn entre 2005 y 2008, es que era fiscal, y que se había separado. Un gran tipo, con muchas luces. Siempre nos sorprendía con algo. Viéndolo desde la distancia, creo que “Cape” aprovechaba a full a su hermano mayor, una fuente de experiencia directa.
Era un grupo muy unido ese… (¿ya lo dije?) Pero incluso a veces dirimíamos a trompadas alguna diferencia, cosas típicas de la edad y de las hormonas que empezaban a funcionar. Es que fueron muchos años de juntadas, desde que teníamos 9, 10 u 11 hasta los 16, y algunos se siguieron viendo más tarde. De aquel grupo recuerdo mucho a Héctor “Che Copete” Santamaría y su hermano Eduardo, que era menor. La madre era enfermera. El padre, no me acuerdo, creo que ya lo conocimos jubilado. Era un peronista clásico, tenía la marchita de Hugo del Carril, y varios discursos de Perón en viejos cassettes. No hablábamos mucho de política entonces pero sabíamos que al viejo de los chicos lo habían perseguido por su militancia. Se que Héctor coincidió hace poco con una de mis hermanas en un curso de Seguridad Industrial e Higiene, en Comodoro. El hermano del “Checo”, Eduardo, era un pibe tímido pero tiro al aire. Me acuerdo que tenía una forma muy poco ortodoxa pero efectiva de jugar al fútbol, y que a los 13 años se puso de novio con Marcela Carpio, una morocha muy linda del barrio… que por entonces tenía 16. Ese día le levantamos a Eduardo un monumento imaginario. Se lo tenía ganado. Nunca supe qué fue de él. Ojalá le haya ido bien, era buena gente.
Nuestro barrio tenía otra división, geográfica y hasta social, por la Avenida Tehuelches. De un lado estaba el “Belgrano Nuevo” y del otro el “Belgrano Viejo”. Y además, convivían, con límites difusos, con los “Ameghino”. De esa época, cuando yo era más chico, recuerdo a otros pibes. Daniel Cavaco era uno de ellos. Un tipo generoso con su tiempo y con los demás, buena madera. Recuerdo que él vivía una situación muy particular, que nos hacía escucharlo con atención sobre todo cuando había algún bardo. No tenía mamá, como sí la teníamos el resto de nosotros. El papá de Daniel se había rehecho de su viudez y casado con otra señora. Para él fue difícil, y a veces nos hacía comprender el valor de la familia desde esa perspectiva, algo que a esa edad por lo menos yo no tenía muy en cuenta, y que me perdonen mis viejos, que se murieron hace diez y veinte años respectivamente. A Daniel Cavaco le debo dos cosas: La primera, cuando yo tenía 9 años, se pasó una tarde conmigo hasta que aprendí a andar en bicicleta en una Legnano rodado 16, un poco más chica que las auroritas rodado 20 de mis amigos, pero que se la bancaba a la perfección para ir incluso hasta el aeropuerto, el viaje más largo que nos animábamos a hacer. La otra: me llevé matemáticas en tercer año luego de haber promediado 9,50 en la materia en los primeros dos años de secundario. Faltaban dos días para rendir y había decidido pasarla a marzo porque no tenía feeling con los profesores. No les entendía nada. Daniel casi me obligó a presentarme y me preparó durante dos días. Logré “sacar la materia” con cinco, resolviendo una ecuación bastante compleja que admitía más de una forma de resolución. A vos Daniel, gracias por ese tiempo y por los consejos.
Seguramente me olvido de muchos. A esas edades uno cosecha también amistades efímeras, o que van cambiando a medida que uno madura. Me acuerdo de Claudio Ponce, Marcelo Milathianakis, el ‘Chino’ Barrionuevo… Él fue el primero de nosotros en manejar un auto. Nos llevaba de joda en el Falcon impecable de su viejo, un taxista laburador. Tampoco se qué fue del ‘Chino’. Casi en la adolescencia, lo veíamos manejando unas motos enormes, en las que nos llevaba a dar alguna vuelta. También estaban el Colorado Lencinas, un stopper muy rudo que se hizo rugbier y bajista, y que a los once años se cayó en la calle y un auto le rompió los dos brazos. Era una curiosidad verlo con ambas extremidades enyesadas. Me acuerdo de Osvaldo Maza, un pibe muy retraído pero que jugaba muy bien al fútbol. Trabajó muchos años en una panadería, y fue el primero del grupo en tomar vino en la mesa con permiso de los padres.
Hubo más. Todos crecimos al calor del barrio, las familias, y el aula. Casi todos íbamos a la Escuela 43, a la Escuela de Frontera, o al Colegio Dean Funes. De la época escolar recuerdo a un amigo a tiempo completo. Se llama Daniel Marcelo Medina. Tampoco se qué fue de él. Creo que la última vez que lo vi fue en 1987 en Trelew. No se por qué viajó y me fue a visitar a la oficina del Jockey Club, donde mis hermanas y yo trabajábamos con mi viejo. En aquellos días, Daniel se reponía de a poco de un incidente serio. Le habían partido la cara con un vaso en una trifulca de boliche, en Rada Tilly, y le quedó una cicatriz enorme. Creo que lo operaron varias veces. Recuerdo que aquello le afectó mucho. Supe que se casó y tiene hijos, pero no mucho más.
Con Daniel compartimos muchísimas cosas. Éramos muy diferentes pero muy unidos. Él me criticaba la actitud de “traga” en la escuela, y yo lo criticaba por bando. Compartimos casi toda la primaria, desde segundo grado hasta séptimo, y después desde primero a cuarto año del Dean Funes. Fueron casi diez años de escolaridad y amistad, con muchos altibajos. Cuando teníamos nueve o diez años, me parece, comenzamos a fumar. Una locura. Comprábamos cualquier cigarrillo berreta. En aquellos tiempos se conseguían R-6, Galaxy, Belmont, Marlboro Largo, Jockey Suaves, algunos negros. Los guardábamos en una caja de zapatos recubierta de papeles, que enterrábamos en un baldío de la zona. Íbamos juntos a casi todos lados, estudiábamos juntos, participábamos de los mismos grupos en casi todo, y después nos fuimos dividiendo. Creo que incluso alguna vez nos gustaron las mismas chicas, pero como él era más decidido en este aspecto; era el que se llevaba el premio, aunque sea consistente en alguna mirada de la princesa deseada. No estoy seguro, pero me parece que cuando me fui a vivir a Trelew, con Daniel nos hablábamos poco y nada. Recuerdo muy bien a su familia, y sus dramas y ventajas de “hijo único”. Vivimos juntos todas las modas y locuras de la preadolescencia, y la infancia más plena, con sus virtudes y sus sinsabores. Creo que nos complementábamos. El era más pícaro en la calle, y yo en el aula. Creo que aprendíamos uno del otro. Ojalá lo volviese a ver alguna vez.
La infancia y la adolescencia son períodos difíciles. Dicen que de allí se hacen amigos para toda la vida. Tal vez sí, tal vez no. En todo caso, me duraron más los amigos que hice a partir de los 16. Con algunos –no son muchos- me hablo y escribo de manera permanente. También hice algunos amigos de adulto, algo raro, pero que se dio de la mano de mis constantes mudanzas por esto del periodismo. Pero los de Comodoro, en aquella lejana Patagonia, me quedaron a trasmano. Igual que mi primera novia, que se llamaba Mariana, quedaron a un mundo de distancia cuando mi familia se trasladó –con todos nosotros- a vivir a Trelew.
Pero no los olvidé. A ninguno. Guardo frescos en la memoria cada momento pasado en las calles de General Mosconi, de las que conocíamos hasta los baches, en la canchita de la gamela, en el Club Huergo, donde descubrimos la natación, el básquet, el tenis, el parque, las peleas a piñas, y los primeros “aprietes” adolescentes, en la esquina de Avenida Tehuelches, en las playas plenas de petróleo, en los cerros, desde donde incluso traíamos “insumos” para un insólito cementerio de animales que hicimos en un boulevard de la Avenida; en la Escuela… Y jamás había escrito ni una sola línea sobre esto, el lugar de los primeeros amigos, básicamente por una pregunta… ¿A quién le importa?
Tal vez hoy, de la mano de las redes sociales, de la globalización, y de Internet, donde ahora dirijo un diario tras decirle adiós al papel, encuentre a algunas de aquellas personas, o a sus familias.
Jamás le di mucha importancia al Día del Amigo. Hoy, pienso distinto. Creo que cambié hace dos años, un día que pasé de manera muy efímera, sólo unas horas, por Comodoro, y recorrí la Avemida Tehuelches y la vieja Ruta 3 para ver el lugar donde me crié.
Y quería saludar, homenajear y mandarles un gran abrazo a la distancia a mis amigos de entonces.
A todos ellos, Felíz Día.
viernes, julio 17, 2009
Palabras...
El enano aprende palabras nuevas. Disculpen la mala calidad de la imagen, pero fue obtenida con el celular. Igual, vale para que tías, amigos y gente cerca pero lejana vean a Franquito.
lunes, julio 13, 2009
Franco practica para piquetero
Al niño le entretiene arrojar piedras al río. Les mando un videito para familia y amigos, así ven cómo ha crecido el enano.
sábado, mayo 23, 2009
Quiero retruco!!!!
A mi hijo menor, de dos años y medio, le da por los naipes. Esto va dedicado a mis hermanas, truqueras viejas, y a los giles a los que le gané aquella mano de truco con el "quiero 7!!!!" del tanto en la famosa peña de Diario El Chubut, una noche de invierno de 2006, creo.
viernes, mayo 08, 2009
"Minirrepo" a Franco
La única razón por la que hicimos este pequeño video, es para que se babeen las tías que viven en la lejana Patagonia, y sus hermanos de España, y para que los amigos de allá vean cómo ha crecido el enano.
Besos a todos.
Besos a todos.
miércoles, enero 07, 2009
Para los amigos de Chubut
jueves, enero 01, 2009
Video de Franco para las tías
jueves, octubre 23, 2008
Instalándonos

Hola gente. Llegamos hace una semana, nos estamos instalando. Un poco amontonados en la casa de mis suegros, buscando casa (ya hay una en vista) y aprendiendo algunas cosas del nuevo trabajo. Estamos bien, adaptándonos a los cambios. Queríamos enviar saludos a todos, especialmente a aquellas personas de las que no nos pudimos despedir. La foto de este post es de mi nuevo ámbito. Pronto enviaremos nueva información.
martes, octubre 14, 2008
Saludá que nos vamos

La verdad, es complejo ponerse a contar por qué, tres años y medio después de nuestra llegada, volvemos a Mendoza. Digamos que hay un cúmulo de razones, que aquellos que nos quieren sabrán entender.
Estamos a escasas horas de dejar la Patagonia. Fue un período muy intenso. Como siempre dice Gaby, vinimos dos, y nos vamos cuatro, contando en el equipo -claro está- a nuestro hijo Franco, de dos años, y a nuestra perra Mara, de tres años y un poco más.
Para comenzar, quiero decirles gracias a todos los que nos ayudaron, los que nos bancaron aun en momentos duros, empezando por mis hermanas Yanina y Norma, por los amigos que conseguimos hacer aquí, por la gente que sin conocernos nos dio la bienvenida y nos abrió sus corazones.
Cuando uno intenta agradecer, siempre comete injusticias y se olvida de alguien casi siempre importante. Pero también sería poco leal no mencionar a los que fueron incondicionales, arrancando por quienes que para mí en lo personal son como hermanos de la vida, José María y Lilí y su papá José, que me ayudaron en todo, desde el día 1, hasta el momento de la partida, y que supieron comprender por qué me voy; a Darío y Marcela que estuvieron siempre, a Daniel que me cubrió la espaldas en el laburo y me ayudó desde que llegué hasta que me fui, a Mariela, que cada día me hizo las cosas más sencillas incluso hoy, que estoy casi en Arroyo Verde, a Carolina y Federico, a quienes nos hubiese gustado frecuentar más, porque son gente excelente y los queremos mucho, al Ruso, el Flaco Montero, Coco, Matías y Diego, mucho más que un equipo de trabajo, gente de primera capaz de cualquier cosa cuando alguien necesita algo, y con quienes no sólo trabajamos muchos en estos años, sino que nos divertimos en grande; a Ana Barros, Gustavo Staiger y su familia, a Elisa y todo el equipo de Pido Gancho, que trabaja para que la gente esté un poco mejor y nos hicieron lugar en la mesa; a nuestra vecina Mónica que es de fierro; al 'negro' Bravo porque es un amigo y un profesional de primera, que me ayudó muchísimo a entender esta tierra, mi propia provincia; a mis amigos de la adolescencia con los que sólo pude compartir un par de asados en estos años, pero que me sirvieron para recargar las pilas; a Beto, compañero de pesca con el que me hubiese gustado entenderme mejor en el trabajo, a Alejandra, que jamás dejó de preparar el café de la tarde en el diario y siempre trata de ayudar a los periodistas; a don Antonio Torrejón, un ejemplo, un grande de verdad, a quien le quedé debiendo media hora y un café, de puro apurado; a los periodistas con los que trabajé y con los que competí, que me hicieron mantener los reflejos intactos, a todos mis amigos del ajedrez y de Deportivo Madryn, el club de los colores más gloriosos de la ciudad, a Patricia, la pediatra del nene, una médica sin igual y un ser humano excepcional; a Norma, quien nos hizo entender qué necesitaba nuestro hijo para salir adelante cuando la mano pintaba muy fea, a Juan, a Pedro el pescador, a José León, a Tomás y Alfredo, mi equipo de trabajo en la distancia... Qué se yo... la lista es larga... Y si me olvidé de alguien, mil perdones.
Empezamos una nueva etapa. Queríamos contarles que mantendremos nuestras direcciones habituales de correo electrónico, en mi caso también el número de teléfono, y que usaremos este espacio para ir contándoles cómo nos va esta vez, en oportunidad del regreso.
Un amigo mendocino, uno de esos amigos del alma, me decía "Vos sos un hombre de mar... y como la marea... volvés siempre..." Me lo repitió hace poco, pronosticándome el regreso a Cuyo, mi "otra tierra".
Me hubise gustado despedirme de todos y cada uno de ustedes, pero bueno... no hubo tiempo... Quedará para el próximo encuentro. Nuestra casa estará abierta siempre, para todos. Nos vemos por ahí...
...y no se pierdan.
miércoles, julio 02, 2008
Ballenas y chocolate
Esta foto me la sacó uno de los periodistas del diario EL CHUBUT en El Doradillo, un área protegida 12 kilómetros al norte de Puerto Madryn, dos semanas atrás. Allí, las ballenas van a reproducirse, parir y educar a sus cachorros. Es un sitio único en el mundo. Esa tarde había un grupo de escolares haciendo avistajes costeros. Después, nos invitaron chocolate caliente. Los invito a visitar nuestro blog de ballena franca. Imperdible.
sábado, diciembre 01, 2007
Pesca nocturna
Una de las prácticas más desafiantes en la costa patagónica es la pesca nocturna. Uno no sólo batalla por un pez. También lo hace contra el frío, el viento, la oscuridad... Son verdaderas maratones. Lo que estoy mostrando en estas fotos es un "pez gallo". Se conoce también como pez elefante, o pollo de mar. Es un pez cartilaginoso, sin espinas, y pariente lejano de los escualos. El de la foto pesó unos 3 kilos y rindió 1,5 kilos de filetes, que van al horno con verduritas. Va dedicado a mi amigo Ricardo Pérez, con quien nunca pude ir a pescar a Laguna del Diamante.
martes, septiembre 25, 2007
Paseito
Bueno... me anoto en el concurso nacional de padres babosos. Este post es sólo para parientes y muy amigos. Fue la primera "caminata larga" de Franco en la playa y con sus propios pasitos. Para él, fue todo un descubrimiento. Y para nosotros también.
lunes, septiembre 10, 2007
Novedades
Veo que hemos estado escribiendo poco. Desde el último post, la novedad es que Franco cumplió un año, y que un mes y un día más tarde, el 5 de setiembre, empezó a caminar. Y que dos días después de eso, ya correteaba para escaparse. Les mandamos este video de 18 segundos, con algunos pasos del enanín.
Saludos para todos. Y disfruten de su alrededor.
miércoles, julio 04, 2007
Mientras no sea de LAPA

Bueno... el niño está un poco agrandado en el avioncito... ¿no? Fue su primera vez en los juegos y no lo podíamos sacar. En el momento de la foto tenía 10 meses y medio. Hoy cumplió los 11. La toma es de mi cuñado Walter, quien apenas si podía contener los litros de baba por su sobrino-ahijado.
miércoles, mayo 16, 2007
Mudarse es un kilombo
Queridos amigos, hemos tenido el blog un poco abandonado... Recién veo que desde el 7 de enero no cargábamos fotos, ni material. Les cuento que la vida continúa, que nos hemos mudado a una casa un poco más "manejable" y más cerca del mar, aunque con escaleras, lo que teniendo un bebé es todo una experiencia. El barrio es más lindo que el anterior, y estamos aún tratando de acomodarnos. Como todos ustedes saben, mudarse es un kilombo, y sobre todo para nosotros, que aun no nos reponemos del largúsimo viaje desde Mendoza, dos años atrás, para instalarnos en la Patagonia.Como pueden ver en la foto, Franco está enorme, e incontrolable. Ya gatea, se para, se agarra, se cuelga hasta del borde de la cuna, trepa, revuelve todo... Se mete en todo... la tiene loca a la pobre perra... Y agotada a la madre. Es un inquieto... Y es un amor. ¿A quién habrá salido?
Prometemos hacer más fluido el contacto con nuestros amigos. Pero tengan paciencia. Lograr el teléfono en casa fue todo una aventura, y aun no consigo que nos muden el servicio de Speedy.
domingo, enero 07, 2007
De a tres
Aunque parezca increíble, esta es la primera foto de los tres juntos que tenemos para poner en el blog. Franco acaba de cumplir cinco meses (¡Ya, cinco!) y el primer domingo de enero de 2007 salimos a caminar por la rambla. Había una niebla muy espesa, rara para la época y la zona, y el nene se durmió por varias cuadras. Como se ve en la foto, sigo tan pelado como siempre, y varios kilos más viejo.
lunes, noviembre 27, 2006
Bati

Que se parece más a los Moreno... que es igual a la madre y al tío y al abuelo... que de Montacuto tiene sólo la pelada... ¿Qué me dicen ahora...? ¿Eh? ¿Eh? ¡Es mi clon! Por favor, que esta toma se considere válida y reglamentaria para el concurso nacional de baba que están organizando mis amigos mendocinos.
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